Antes de que los ejércitos cruzados partieran hacia la recuperación de Tierra Santa, la violencia ya se había desatado en Europa. Ciudades como Espira, Worms y Maguncia fueron escenario de brutales ataques contra las comunidades judías, convirtiéndose en uno de los episodios más oscuros de la Primera Cruzada.
Pero ¿por qué ocurrió esto? ¿Cómo una expedición religiosa destinada a recuperar Jerusalén terminó desatando masacres dentro de la propia Europa? Para comprenderlo, primero es necesario analizar qué fueron las cruzadas, cuál era la importancia de Tierra Santa y qué papel desempeñó la Iglesia en este proceso.
¿Qué fueron las primeras cruzadas?
Corre el año 1095. En un campo lleno de nobles, caballeros y clérigos, el papa Urbano II se levanta durante el Concilio de Clermont y lanza un llamado que cambiaría la historia. La multitud responde con un grito que se volvería símbolo de una era: “Deus Vult” (¡Dios lo quiere!).
Desde Constantinopla llegaban súplicas desesperadas. Los turcos Selyúcidas avanzaban y el Imperio Bizantino temía perder más territorio. Además, Jerusalén, donde Cristo había vivido, muerto y resucitado, permanecía bajo dominio musulmán, y existía preocupación por la seguridad de los peregrinos cristianos.
Así nacieron las cruzadas….
Urbano vio la oportunidad perfecta. Unir a una Europa dividida por guerras entre señores feudales, darles un enemigo común y poner a la iglesia al mando.
Miles de hombres cosieron una cruz roja en sus túnicas y marcharon hacia el oriente. ¿Qué buscaban? Oficialmente liberar los lugares santos y proteger a los peregrinos. En la práctica, muchos buscaban también perdón de sus pecados, tierras nuevas, gloria, botín y aventuras.
Y en el centro de todo estaba Jerusalén, para los cruzados no era solo una ciudad. Era la tierra donde Jesucristo había muerto y resucitado. Era el premio mayor, cuando la tomaron en 1099, entre sangre y fuego, creyeron que Cristo estaba de su lado.

- Miniatura medieval sobre el asedio de Jerusalén (siglo XIV), Encyclopaedia Britannica.
La Cruzada Popular siguió su marcha por el Sacro Imperio Romano Germánico, bordeando el río Rin. Era la ruta que todos tomaban hacia Oriente. A sus orillas se alzaban ciudades viejas, ricas, llenas de comerciantes. Y también de judíos.
Espira, Worms y Maguncia. Esos eran los nombres. Ahí vivían comunidades judías desde tiempos de los romanos. Eran médicos, prestamistas, eruditos. Vivían bajo la protección del emperador. Pagaban por ella. Tenían sus sinagogas, sus escuelas. Eran vecinos.
Pero la multitud que venía con Pedro el Ermitaño no veía vecinos. Veía otra cosa.
Entre los cruzados empezó a correr la voz. Alguien la dijo en un campamento, otro la repitió en una taberna, y pronto todos la daban por cierta: “Si vamos a Jerusalén a matar a los enemigos de Cristo, ¿por qué dejamos vivos a los que tenemos aquí, en nuestra propia tierra?”
Esa pregunta lo cambió todo.
Porque el odio ya estaba ahí, dormido. Odio porque les decían que los judíos habían matado a Cristo. Odio por las supersticiones repetidas durante generaciones sobre niños desaparecidos. Odio porque muchos de esos campesinos le debían dinero al prestamista judío de la esquina. La guerra santa les dio el permiso que esperaban.
Y entonces llegaron a Espira. En mayo de 1096. Y después a Worms. Y después a Maguncia.
Las puertas de las juderías cayeron. Los hombres que llevaban la cruz en el pecho sacaron las espadas contra gente que solo tenía libros. Los judíos corrieron. Algunos obispos abrieron sus palacios y escondieron a familias enteras. El obispo de Espira salvó a muchos. El de Maguncia lo intentó, pero la turba era demasiada. Miles murieron. Madres mataron a sus hijos y luego se quitaron la vida para no caer en manos de los cruzados. Preferían eso antes que el bautismo a punta de espada.
¿Había ordenado esto el Papa?
No. Urbano II jamás habló de judíos. Él quería Jerusalén.
Pero el daño ya estaba hecho.
Porque cuando le gritas a un hombre hambriento y desesperado que Cristo quiere sangre de infieles, él no pregunta de qué tipo. Él solo busca al que tiene más cerca. Algunos curas bendijeron las masacres. Otros lloraron y no pudieron detenerlas, aunque hubo condenas posteriores, para ese entonces el daño ya estaba hecho.
Y así, la pregunta que todavía quema:
¿Cómo una guerra que se proclamó santa empezó matando a los vecinos de su propia casa?
La Cruzada no se bautizó en el desierto de Judea. Se bautizó en las aguas del Rin, con sangre inocente. Antes de ver las murallas de Jerusalén, los cruzados ya habían olvidado por qué decían pelear.
Esa fue su primera victoria. Y también su primera derrota.
Para saber más…..
Si este tema despertó tu curiosidad, estas son algunas obras recomendadas para profundizar en la Primera Cruzada y las masacres del Rin.
- Robert Chazan — European Jewry and the First Crusade
- Steven Runciman — A History of the Crusades, Vol. I
- Thomas Asbridge — The First Crusade: A New History